De la “señorita” a la “buena presencia”: gramática de la empleabilidad, guiones de género y educación secundaria en avisos clasificados de El Mercurio (Santiago de Chile, 1960-2005)

Luis Enrique Garcés Aspee*

Escuela de Educación de la Universidad de O’Higgins, Chile.

luis.garces@uoh.cl

https://orcid.org/0009-0001-3869-5456

Recibido: 30 de octubre de 2025 | Aceptado: 5 de marzo de 2026

 

Resumen

El artículo analiza 1.040 avisos de El Mercurio (1960-2005) para cartografiar la composición ocupacional asociada a la credencial de educación secundaria y reconstruir, en clave de género, una gramática de la empleabilidad que organizó la admisibilidad laboral. Se revisaron ediciones de marzo, junio y diciembre en ciclos quinquenales, incluyendo solo piezas que mencionaran explícitamente la educación secundaria. Del total, 953 avisos se homologaron a la CIUO-08, y el subconjunto femenino (n=385) se examinó mediante siete familias de marcadores textuales, una lectura indexical y el contraste entre avisos de “ofrece” y “solicita”. Los resultados muestran que en las décadas del sesenta y setenta la educación secundaria se vinculó a empleos de oficina y comercio, mientras que desde los ochenta se reorientó hacia servicios de menor especialización, tendencia consolidada en los noventa y 2000. En el subconjunto femenino predominaron el apoyo administrativo y los servicios/ventas, con ausencia casi total de operadores de máquinas. Diacrónicamente, la feminidad se desplazó desde rótulos explícitos hacia filtros implícitos. Los resultados permiten discutir la función social de la educación secundaria como promesa de integración y movilidad ante el mercado laboral. Finalmente, se propone una agenda para contrastar si la educación secundaria operó como marcador implícito de género en la legibilidad de la candidata idónea.

Palabras clave

Avisos clasificados, educación secundaria, gramática de la empleabilidad, género, indexicalidad.

 

Da “senhorita” à “boa aparência”: gramática da empregabilidade, scripts de gênero e educação secundária em anúncios classificados de El Mercurio (Santiago do Chile, 1960-2005)

Resumo

O artigo analisa 1.040 anúncios de El Mercurio (1960-2005) para cartografar a composição ocupacional associada à credencial de educação secundária e reconstruir, em chave de gênero, uma gramática da empregabilidade que organizou a admissibilidade laboral. Foram revisadas edições de março, junho e dezembro em ciclos quinquenais, incluindo apenas peças que mencionassem explicitamente a educação secundária. Do total, 953 anúncios foram homologados à CIUO-08, e o subconjunto feminino (n= 385) foi examinado mediante sete famílias de marcadores textuais, uma leitura indexical e o contraste entre anúncios de “oferece” e “solicita”. Os resultados mostram que, nas décadas de sessenta e setenta, a educação secundária esteve vinculada a empregos de escritório e comércio, enquanto, a partir dos anos oitenta, reorientou-se para serviços de menor especialização, tendência consolidada nos anos noventa e 2000. No subconjunto feminino, predominaram o apoio administrativo e os serviços/vendas, com ausência quase total de operadores de máquinas. Diacronicamente, a feminilidade deslocou-se de rótulos explícitos para filtros implícitos. Os resultados permitem discutir a função social da educação secundária como promessa de integração e mobilidade diante do mercado de trabalho. Finalmente, propõe-se uma agenda para contrastar se a educação secundária operou como marcador implícito de gênero na legibilidade da candidata idônea.

Palavras-chave

Anúncios classificados, educação secundária, gramática da empregabilidade, gênero, indexicalidade.

From the “Young Lady” to “Good Appearance”: Grammar of Employability, Gender Scripts, and Secondary Education in Classified Advertisements of El Mercurio (Santiago, Chile, 1960-2005)

Abstract

This article analyzes 1,040 classified advertisements from El Mercurio (1960-2005) to map the occupational composition associated with the secondary education credential and to reconstruct, from a gender perspective, a grammar of employability that organized labor admissibility. Issues from March, June, and December were reviewed in five-year cycles, including only items that explicitly mentioned secondary education. A total of 953 advertisements were harmonized to ISCO-08, and the female subcorpus (n= 385) was examined through seven families of textual markers, an indexical reading, and the contrast between “seeking” and “offering” employment advertisements. Results show that in the 1960s and 1970s secondary education was linked to office and commerce jobs, whereas from the 1980s onward it shifted toward lower-skilled service occupations, a trend consolidated in the 1990s and 2000s. Within the female subcorpus, administrative support and services/sales predominated, with an almost total absence of machine operators. Diachronically, femininity shifted from explicit labels to more implicit filters. These findings support a discussion of the social function of secondary education as a promise of integration and mobility in relation to the labor market. Finally, the article proposes an agenda to test whether secondary education operated as an implicit gender marker in the legibility of the “ideal” female candidate.

Keywords

Classified advertisements, secondary education, grammar of employability, gender, indexicality.

 

Introducción

Con frecuencia, el crecimiento sostenido de la matrícula y titulación en educación secundaria ha sido interpretado como un proceso que contribuyó al desarrollo de sociedades meritocráticas basadas en el ideal de igualdad de oportunidades. En el caso chileno, es posible rastrear discursos en los que la educación secundaria fue asociada con el acceso a mejores empleos, la modernización social y el desarrollo económico y cultural de la nación desde mediados del siglo XX (Serrano et al., 2018; UNESCO, 2002; OECD, 2017). Sin embargo, distintas investigaciones han mostrado que las trayectorias laborales no dependen únicamente de credenciales formales (Acker, 2006; McDowell, 2009), sino que también son atravesadas por mecanismos de desigualdad que tensionan ese ideal (PNUD, 2017).

Desde una perspectiva histórica, diversas investigaciones han reconstruido la consolidación de la educación secundaria como proyecto estatal y como promesa de movilidad social, subrayando tensiones entre democratización, selección, acceso a la educación superior y formación para el trabajo (Cox, 2005; Bellei y Pérez, 2016; Brunner, 2015; PIIE, 1984; Serrano et al., 2018; UNESCO, 2002). En paralelo, estudios sobre educación femenina y orden escolar han mostrado cómo la educación secundaria y la formación normalista socializaron repertorios morales y de urbanidad, y cómo esos guiones se han reconfigurado en distintos ciclos políticos y culturales desde mediados del siglo XX (Garcés, 2023; Garcés y Morales, 2025; Guerrero et al., 2006; Pérez y Toro, 2025; Rossetti, 1988). Asimismo, se han desarrollado análisis sobre la persistencia de perspectivas androcéntricas en textos escolares del siglo XX y principios del XXI (Fernández, 2017).

De todos modos, se ha examinado menos cómo esas credenciales y repertorios escolarizados se tradujeron —en la práctica cotidiana de la contratación— en criterios de “idoneidad” que articularon género, clase, edad y apariencia. Mientras la literatura sobre desigualdad laboral ha destacado la persistencia de regímenes de desigualdad y evaluaciones corporales/relacionales en el empleo (Acker, 2006; McDowell, 2009), estudios recientes han identificado sesgos y señales de discriminación de género en el avisaje de reclutamiento en sociedades contemporáneas (Gaucher et al., 2011; Kuhn y Shen, 2013). En la historia de la educación, los diálogos con estos campos siguen siendo incipientes. Este artículo se inscribe en ese giro crítico mediante un análisis histórico de la oferta y la demanda de empleo asociadas a mujeres con estudios de educación secundaria, donde se observa cómo se configuraron y transformaron mecanismos de inclusión y exclusión de género en torno a la “idoneidad” laboral.

La pregunta por la secundaria no se redujo aquí a un requisito en los avisos, sino que se abordó como un proceso histórico que modeló expectativas, disposiciones y repertorios sociales. En el periodo examinado (1960-2005), la educación secundaria se expandió aceleradamente, se diversificó y adquirió un lugar creciente en la definición de trayectorias juveniles. En el caso de las mujeres, la cobertura transitó desde una tasa bruta de matrícula de 18,1 % en 1965 hacia niveles cercanos a la universalización a mediados de la década de 2000 (PIIE, 1984; MINEDUC, 2006). En paralelo, el mercado de trabajo formal estuvo atravesado por cambios en la estructura productiva, crisis, reorientaciones hacia servicios y reacomodos ocupacionales (Meller, 1996; World Bank, 1980; Weller, 2004; Gayo et al., 2016).

El estudio se centró en un artefacto documental periférico a la vida escolar: la sección de avisos clasificados del diario El Mercurio (Santiago de Chile). En su aparente banalidad —un mosaico de palabras breves, abreviaturas y énfasis tipográficos—, los anuncios condensaron prescripciones, temores y promesas inscritas en destinos ocupacionales específicos. Este uso de la prensa tiene precedentes en la historiografía de la educación. En Inglaterra, Constance Bantman y Charlotte Faucher (2023) examinaron avisos de búsqueda de empleo publicados por institutrices francesas (1870-1914) y mostraron que esos microtextos permitieron observar expectativas de contratación, estrategias de autopresentación y condiciones del trabajo educativo en el espacio doméstico. En Chile, Priscila Muena (2024) reconstruyó la presencia y circulación de institutrices en Valparaíso a partir del avisaje en prensa local, y observó su progresivo silenciamiento tras la fundación del Liceo N.º 1 de Niñas de Valparaíso (1891).

A partir del avisaje examinado, se reconstruyó lo que aquí se entendió como una gramática de la empleabilidad: un conjunto de reglas prácticas —a veces explícitas y a menudo implícitas— que delimitaba qué perfiles se consideraban adecuados para determinados puestos, qué atributos se valoraban como señales de confiabilidad y qué fronteras se imponían para admitir o excluir postulantes. El análisis se concentró en marcadores textuales presentes en avisos feminizados, en la medida en que estos hicieron visible la presencia de guiones de género (Butler, 1988, 1990). Tales marcadores —expresados en la designación del cargo, límites etarios, exigencias de apariencia, garantías morales o referencias a domesticidad— permitieron cartografiar regularidades y transformaciones en la gramática de la empleabilidad.

El corpus se construyó a partir de la revisión de ediciones de marzo, junio y diciembre del diario El Mercurio de Santiago, en ciclos quinquenales entre 1960 y 2005, incorporando 1.040 avisos con mención explícita a estudios secundarios. A partir de ese material, la investigación atendió a dos preguntas: 1) ¿Cómo se reconfiguró diacrónicamente la composición ocupacional de la oferta y la demanda de empleo asociadas a la credencial de educación secundaria, considerando el conjunto del corpus y el subcorpus feminizado?, y 2) ¿Cómo el avisaje feminizado evidenció permanencias y transformaciones en los guiones de género a lo largo del periodo? Para abordarlas, se combinó una cartografía ocupacional con una lectura sociosemiótica de los microtextos, contrastando además avisos de “ofrece” y “solicita” para observar cómo la selección se prescribió desde la oferta y también se incorporó como repertorio de encaje desde la demanda.

El artículo busca contribuir a las discusiones sobre la historia de la educación en Chile en tres direcciones. En primer lugar, ofrece una cartografía de los reacomodos en la oferta y demanda de empleos para mujeres con estudios secundarios en la ciudad de Santiago, donde destaca el desplazamiento desde trabajos de oficina (1960-1970) hacia servicios y ventas (1990-2000), con persistencia de ocupaciones elementales hacia el final del periodo. En segundo lugar, propone un marco interpretativo de la gramática de la empleabilidad en avisajes feminizados a partir de una tipología de marcadores textuales que configuraron determinados guiones de género. En tercer lugar, abre reflexiones sobre los vínculos entre los proyectos socioeducativos desplegados a nivel escolar y los referentes de género del mercado laboral.

 

Marco teórico

El análisis de los avisos clasificados se apoyó en la noción de gramática de la empleabilidad para describir regularidades y reglas prácticas que organizaron la selección y la autopresentación en el mercado de trabajo. Esta gramática delimitó qué perfiles resultaban legibles como “adecuados” para determinados puestos, qué atributos funcionaban como señales de confiabilidad y qué fronteras se establecieron para admitir o excluir postulantes. Bajo este enfoque, los requisitos del aviso no operaron únicamente como descripciones de tareas, sino como criterios normativos que jerarquizaron cuerpos, trayectorias y disposiciones.

La metáfora de la “gramática” se utilizó en un sentido heurístico para nombrar reglas de funcionamiento que tienden a volverse invisibles por su reiteración. En esa medida, dialoga por analogía con la noción de “gramática de la escolaridad” planteada por David Tyack y Larry Cuban (2001) para describir estructuras y rutinas persistentes del orden escolar. Sin embargo, en este trabajo la gramática se desplazó hacia el campo del reclutamiento y la postulación expresados en el avisaje. Esta analogía permite sostener que, de manera similar a como la escolaridad se organizaba por reglas que naturalizaban formas de enseñanza y convivencia, el reclutamiento laboral se articuló mediante reglas que naturalizaron quién encajaba con un puesto y en qué condiciones.

La lectura de la gramática de la empleabilidad adoptó un enfoque que entiende el género como fenómeno performativo, regido por normas sociohistóricas que se repiten y se actualizan en contextos específicos (Butler, 1988, 1990, 1993). Así se identificaron guiones de género relacionados con matrices regulativas que orientaron cómo los cuerpos reconocidos como mujeres se presentaron, dramatizaron y devinieron legibles como posiciones legítimas en interacciones como la contratación laboral. Estos guiones no funcionaron como libretos cerrados: su eficacia descansó en la reiteración de gestos, palabras y requisitos que, por su familiaridad, se naturalizaron. En este sentido, la variación histórica de rótulos y fórmulas se leyó como reescritura de guiones en la gramática de la empleabilidad y, en términos de “hacer género”, como un régimen de rendición de cuentas sobre el encaje con expectativas dominantes (West y Zimmerman, 2009).

Para observar esos guiones en una fuente hipersintética como el aviso clasificado, se operacionalizó el análisis mediante marcadores textuales. Se entendió por marcador una pista en el texto que hacía visible un guion de género orientado a mujeres. En la serie analizada aparecieron de manera recurrente la feminización del cargo (“secretaria”, “dactilógrafa”, “vendedora”), el estado civil (“soltera”, “señorita”, “señora”), garantías morales (“honrada”, “buen carácter”, “óptimas referencias”) y fórmulas de presentación corporal (“buena presencia”, “excelente presentación”), entre otros. Estos marcadores activaron expectativas sobre quién resultaba admisible y en qué condiciones una mujer era considerada idónea. En términos de Butler (1993), los clasificados contribuyeron a delimitar cuerpos legítimos y cuerpos abyectos en la gramática de la empleabilidad. Al nombrar “secretaria” se limitó la postulación de cuerpos reconocidos como masculinos; al fijar rangos etarios se definieron umbrales de legibilidad, y al exigir “buena presencia” se hizo operar un criterio corporal que excedió las competencias técnicas.

La noción de indexicalidad permitió explicar por qué estos marcadores fueron útiles para leer guiones de género. Más que describir tareas, los avisos clasificados funcionaron como pistas que volvieron legible un tipo de candidata. En los términos de Silverstein (2003), un signo es indexical cuando remite a disposiciones y jerarquías sociales más allá de su contenido literal. Así, expresiones como “señorita”, “soltera”, “excelente presencia” o “no mayor de 35 años” activaron asociaciones culturales sobre respetabilidad, trato y autocontrol. Estas pistas pudieron ser directas (marcas explícitas de feminidad) o indirectas (estilos y valoraciones aparentemente neutrales), enlazándose con identidades de género por asociación cultural (Ochs, 1992; Bucholtz y Hall, 2005). La lectura indexical de estos marcadores es el mecanismo interpretativo central del análisis.

Desde la oferta de empleo, los clasificados textualizaron políticas implícitas de selección y permanencia. Constituyeron expresiones condensadas de regímenes de desigualdad en las organizaciones (Acker, 2006) que estandarizaron cuerpos asalariados según formas legítimas de hablar, vestir y desempeñarse, organizando jerarquías por género, clase y edad. En tareas de atención de público, el gesto, la sonrisa, la voz y la presentación personal crearon valor y el cuerpo de quien atiende se transformó en parte del producto (McDowell, 2009). En nichos relacionados con la seguridad privada se exigieron atributos corporales y credenciales de socialización coercitiva —por ejemplo, “guardia femenina” con “servicio militar deseable”— que reconfiguraron los límites de inteligibilidad asociados al ser mujer (Butler, 1993). Desde la demanda de empleo, los avisos funcionaron como plataforma para demostrar credenciales de encaje con la gramática de la empleabilidad. La presencia de marcadores como “excelente presencia”, “honrada”, “señorita” o “21 años” sugiere que la idoneidad sobrepasó las competencias técnicas asociadas al cargo, y que la presentación personal, la moralidad o la edad operaron como condiciones de acceso al empleo remunerado entre las solicitantes.

 

Metodología

El diseño metodológico articuló una cartografía ocupacional y una lectura sociosemiótica de la gramática de empleabilidad a partir de avisos clasificados vinculados con estudios de educación secundaria. El corpus provino de la sección de avisos clasificados de El Mercurio (Santiago de Chile), seleccionada por su continuidad, volumen y circulación en la capital durante 1960-2005, lo que permitió observar la evolución histórica de la oferta y la demanda laboral asociadas a credenciales escolares en un mercado laboral urbano. La revisión se realizó sobre ejemplares físicos disponibles en la Biblioteca del Congreso Nacional, ya que la versión microfilmada consultada en la Biblioteca Nacional presentaba dificultades de legibilidad.

El corpus se levantó a partir de la revisión de las ediciones de marzo, junio y diciembre, en ciclos quinquenales entre 1960 y 2005 (1960, 1965, 1970, …2005). Los meses se seleccionaron para distribuir la observación a lo largo del año y, con ello, atender a posibles variaciones estacionales en la publicación de avisos (inicio, mitad y cierre de año). La revisión cada cinco años permitió construir una serie extensa y comparable sin perder la perspectiva de largo plazo. Se incluyeron ofertas y demandas que mencionaban explícitamente estudios secundarios (completos o incompletos)[1]. Para evitar duplicaciones, se eliminaron los registros que replicaban la misma pieza dentro de un mismo mes. El corpus final reunió 1.040 avisos; 953 pudieron clasificarse ocupacionalmente y 87 quedaron sin clasificación por falta de información sobre la ocupación[2].

La unidad de análisis fue el aviso individual. Para cada pieza se relevaron variables mínimas: década, tipo de pieza (“ofrece”, “solicita”), grupo ocupacional —según la Clasificación Internacional Uniforme de Ocupaciones (CIUO-08) de la Organización Internacional del Trabajo (OIT, 2008)—, presencia o ausencia de marcadores textuales y, cuando correspondió, direccionalidad de género. En avisos con varias funciones o tareas se privilegió la primera ocupación declarada. En casos de ambigüedad se acudió a la literalidad del texto y a indicios mínimos de contexto (verbo nuclear, rótulo del cargo, sintagma principal). Así, la CIUO-08 se usó como rejilla comparativa para describir composiciones por década, sin asumirla como un reflejo exacto de la organización del trabajo en el universo de los avisos clasificados.

Para conformar el subconjunto dirigido a mujeres se exigió que cada pieza incluyera al menos un marcador que feminizara el aviso. Así, se aisló un subgrupo de 385 piezas dirigidas explícitamente a mujeres o redactadas en primera persona por mujeres[3]. Se excluyeron avisos de destinatario mixto o indeterminado. Estos marcadores tradujeron el marco conceptual considerando guiones de género (Butler, 1988, 1990), indexicalidad (Silverstein, 2003; Ochs, 1992), regímenes de desigualdad en las organizaciones (Acker, 2006) y trabajo corporal en economías de servicios (McDowell, 2009). La codificación fue binaria (presencia/ausencia) y permitió coocurrencias entre familias en un mismo aviso. Se definieron siete familias:

1.       Designación del cargo: reúne el requisito explícito de sexo (“personal femenino”, “guardia femenina”) y la feminización ocupacional histórica del rol (secretaria, vendedora, operadora, cajera, promotora, telefonista, recepcionista, empleada, asesora, garzona, dactilógrafa, supervisora), incorporando además ocupaciones feminizadas de docencia y cuidado inicial (profesora, educadora, parvularia).

2.      Estado civil: incluye la mención explícita (soltera, casada, viuda) y aproximaciones de estatus civil (señorita/señora y abreviaturas), entendidas en este registro como índices de ciclo vital que también involucran expresiones de respetabilidad.

3.      Edad: agrupa umbrales numéricos (no mayor de X, edad mínima, hasta X años, entre X-Y años) y etiquetas etarias (jovencita, joven, niña).

4.      Apariencia/presentación: considera menciones relativas al cuerpo de quien pretende acceder al cargo (buena/excelente presencia, buena presentación, presentable).

5.      Moralidad/confiabilidad: reúne expresiones sobre actitudes y formas de ser, y relación interpersonal (dama, honrada/honesta/honradez, buen carácter, buenas/óptimas referencias, recomendaciones, a carta cabal, buenos informes, sureña —cuando opera como índice local de respetabilidad o carácter—).

6.      Domesticidad y cuidado: contempla menciones relacionadas a trabajos reproductivos (aseo, cocina, nana, cuidar casa/niños).

7.      Fuerza/autoridad masculinizada: comprende atributos como estatura/altura mínima (p. ej., 1,70), porte/fuerza física o defensa personal y credenciales de socialización coercitiva (servicio militar rendido/deseable, cursos de vigilancia). Por criterio operativo, esta última familia solo se codificó cuando el aviso pertenecía al nicho de seguridad/protección y coocurría al menos uno de los ítems corporales/coercitivos. En la serie, esta familia apareció de manera puntual en los 2000, y se interpretó como un registro subordinado que hibridó el guion femenino con rasgos de autoridad masculinizada en un nicho específico.

La distinción enunciativa entre “ofrece” (cuando habla la organización) y “solicita” (cuando habla la persona que busca empleo) se trató como un lente analítico. En “ofrece” los guiones tendieron a objetivarse como requisitos; en “solicita” se performaron como credenciales de encaje con las expectativas del mercado. Esta asimetría se consideró en la codificación y en la lectura cualitativa porque incidió en el valor indexical de un mismo término (es decir, en el guion de género que activaba) según quién lo enunciara.

Se impone cautela interpretativa por las limitaciones de la fuente y del diseño metodológico. La selección de meses puede introducir estacionalidad. Al tratarse de un diario con sede en la capital, el material reflejó principalmente empleos urbanos y comerciales, y subrepresentó reclutamientos de reparticiones públicas y ofertas de industrias que no usaron el diario. El formato de clasificado promovió una economía del lenguaje que obligó a inferencias por indicios. Por ello, las cifras se presentan como descripciones históricas del espacio de los clasificados y la validez del argumento descansa en la coherencia entre la cartografía CIUO-08 por década y la consistencia de los marcadores textuales observados. En conjunto, la combinación de una rejilla ocupacional estandarizada y una lectura indexical de microtextos permitió mostrar cómo se reorganizaron —sin desaparecer— los filtros de acceso al empleo asociados a la educación secundaria de mujeres.

 

Resultados

En varios sentidos, los avisos clasificados dialogaron con cambios estructurales del mercado de trabajo formal en Chile entre 1960 y 2005. Entre las décadas de 1960 y 1970, la educación secundaria apareció asociada a tareas habituales de oficina —dactilografía, archivo, telefonía y correspondencia— y a funciones de venta en distintas áreas del comercio. El corpus lo muestra con claridad: “EMPRESA NECESITA JÓVENES MAYORES de 18 años, buena presencia, mínimo 3er año humanidades para ventas, trabajo fácil, buena remuneración” (El Mercurio, 4 de marzo de 1965, p. 12; mayúsculas en el original) y “SEÑORITA SE OFRECE PARA TRABAJOS de oficina, buena presencia con licencia secundaria” (El Mercurio, 24 de marzo de 1970, p. 17; mayúsculas en el original). Este patrón coincidió con el tramo final de la industrialización por sustitución de importaciones en Chile (Meller, 1996; World Bank, 1980).

Hacia la década de 1980, aumentó la proporción de anuncios orientados a labores de baja especialización y alta rotación —mensajería, aseo, apoyos operativos—. Los registros mostraron que el trabajo como “junior” se volvió una expectativa frecuente para quienes tenían estudios secundarios: “SE OFRECE JOVEN 4.º MEDIO PARA trabajar de junior o vendedor” (El Mercurio, 7 de junio de 1985, p. B 13; mayúsculas en el original). En paralelo, se publicaron avisos de ventas donde la presentación personal se situó antes del requisito educativo, lo que sugiere una prioridad práctica en la selección: “SEÑORITA PROMOTORA, EXTRAORDINARIA presencia. Para establecimiento comercial de 21 a 26 años. Nivel educacional 4° Medio. Sueldo $8.000 mensuales. Enviar currículum y fotografía reciente” (El Mercurio, 1 de marzo de 1985, p. B 9; mayúsculas en el original). Estos cambios coincidieron con la crisis que elevó la desocupación en el Gran Santiago por sobre el 20 % en 1982 y 1983 (Banco Central de Chile, 2001, p. 579) y con la terciarización de la economía chilena hacia finales del siglo XX (Gayo et al., 2016).

Durante la década de 1990 se consolidaron estas tendencias. En los clasificados de los noventa y los 2000, las oportunidades laborales asociadas a estudios secundarios —incluyendo exigencias parciales (por ejemplo, 2° medio rendido)— se vincularon con frecuencia a ocupaciones de baja especialización y a puestos de atención de público en comercio y servicios: “VENDEDORES, VENDEDORAS MAYORES 21 AÑOS, enseñanza media completa puede ganar promedio 35.000 semanal” (El Mercurio, 11 de marzo de 1990, p. B 20; mayúsculas en el original); “SEÑORITA BUENA PRESENCIA, 4° MEDIO, para centro de llamados” (El Mercurio, 12 de marzo de 1995, p. B 24; mayúsculas en el original); “GUARDIAS (DAMAS Y VARONES) TODAS LAS COMUNAS. Requisitos: -2° medio rendido - Situación militar al día (…) trabajo inmediato, anticipos, curso OS-10 gratuito, carrera funcionaria, beneficios familiares” (El Mercurio, 11 de diciembre de 2005, p. G 23; mayúsculas en el original). Este panorama resultó consistente con el crecimiento de ocupaciones de servicios de atención y soporte en la estructura ocupacional chilena de la época (Gayo et al., 2016).

El gráfico 1 presenta la serie completa de avisos clasificados por grandes grupos CIUO-08 entre 1960 y 2005 (n= 953). Se incluyen los grupos principales identificados en la codificación, con la siguiente distribución por década: 1960 (135), 1970 (158), 1980 (272), 1990 (248) y 2000 (140)[4].

 

Gráfico 1. Oferta y demanda de empleos asociados a estudios de educación secundaria (1960-2005)

Fuente: elaboración propia a partir de avisos clasificados de El Mercurio.

 

El gráfico 2 ilustra la evolución del subconjunto de 385 piezas dirigidas explícitamente a mujeres o redactadas por mujeres entre 1960 y 2005. En términos porcentuales, la participación de estos avisos dentro del total por década fue de 48,9 % (1960), 60,1 % (1970), 47,4 % (1980), 31,0 % (1990) y 12,9 % (2000). Como muestra el gráfico 2, la oferta y demanda de empleo dirigidas a mujeres presentó dinámicas particulares frente al total de avisos clasificados. La proporción de ocupaciones asociadas a los grupos “Personal de apoyo administrativo” y “Trabajadores de los servicios y vendedores de comercios y mercados” fue mayor o similar a la observada para el total de avisos hasta la década del 2000, mientras que la presencia en “Operadores de instalaciones y máquinas y ensambladores” fue prácticamente inexistente. En línea con lo observado para el conjunto general, en el subgrupo se produjo un desplazamiento hacia ocupaciones de menor especialización y mayor rotación al final del periodo. Entre los escasos avisos de la década de 2000 destacan dos insertos publicados el 5 de marzo de 2000 que ilustran este giro: “AGENCIA CUARTO CENTENARIO necesita asesoras, enseñanza media” (El Mercurio, 5 de marzo de 2000, p. G 21; mayúsculas en el original) y “SEÑORA ÓPTIMAS REFERENCIAS, licencia secundaria, ofrece cuidar casa” (El Mercurio, 5 de marzo de 2000, p. G 21; mayúsculas en el original). En efecto, si en los años sesenta los estudios secundarios se asociaron con mayor frecuencia a trabajos de oficina, hacia comienzos del siglo XXI se volvió más frecuente que la oferta y la demanda de empleo femenino se orientara hacia ocupaciones elementales y de baja especialización, de acuerdo con la clasificación CIUO-08.

Gráfico 2. Oferta y demanda de empleos femeninos asociados con estudios de educación secundaria (1960-2005)

Fuente: elaboración propia a partir de avisos clasificados de El Mercurio.

 

Si la cartografía a partir de la clasificación CIUO-08 mostró reacomodos ocupacionales, el análisis de marcadores permitió observar cómo cambiaron los criterios de legibilidad en la gramática de la empleabilidad en el avisaje feminizado. Los marcadores textuales definidos fueron operativos a lo largo de todo el periodo. La única excepción fue la séptima familia —fuerza/autoridad masculinizada—, que apareció únicamente en dos avisos del nicho de seguridad durante los 2000. Por criterio operativo, esta familia se codificó solo cuando el aviso perteneció a seguridad/protección y coocurrieron atributos corporales o credenciales coercitivas. La tabla 1 reporta los conteos absolutos por década de cada familia. Esta presentación permitió identificar en qué dimensiones se concentró la densidad de marcadores sin verse afectada por las variaciones en el tamaño muestral por década. Cabe destacar que, como un aviso pudo activar más de una familia de marcadores, los totales por década pueden superar el número de avisos.

Tabla 1. Conteo de marcadores textuales en los avisos clasificados del subconjunto femenino por década (1960-2000)

 Década

Total avisos

Designación del cargo

Estado civil

Edad

Apariencia/presentación

Moralidad/confiabilidad

Domesticidad/cuidado

Fuerza/autoridad masculinizada

1960

66

31

58

8

14

12

3

0

1970

95

45

70

16

40

12

7

0

1980

129

74

95

24

63

10

5

0

1990

77

53

27

31

40

14

10

0

2000

18

11

4

6

8

4

3

2

Fuente: elaboración propia a partir de avisos clasificados de El Mercurio.

 

De acuerdo con la tabla 1, la designación del cargo mantuvo una alta presencia en toda la serie. La nominación explícita de roles feminizados —secretaria, vendedora, operadora, parvularia, entre otros— funcionó como una marca decisiva de que el aviso se dirigió a mujeres. La familia estado civil (“señorita”, “señora”, “soltera”) fue más preponderante en las décadas tempranas y, en no pocos casos, operó como única marca de feminización. Un ejemplo es: “SE OFRECE SEÑORITA CON 6º HUMANIDADES para trabajo de oficina” (El Mercurio, 14 de marzo de 1965, p. 38; mayúsculas en el original). En las últimas décadas de la serie, se observó un mayor peso relativo de edad y apariencia/presentación, lo que indicó una recalibración de los criterios de selección en el avisaje. En esos casos, la respetabilidad e idoneidad se tradujeron a través de atributos de juventud y presentabilidad. En la década de 1990, la “buena presencia” pudo reemplazar el rótulo de “señorita” como atributo de respetabilidad: “SUPERVISORA, VENDEDORA, VITRINISTA necesita cadena de tiendas. Requisitos: Estudios secundarios completos, experiencia en ventas, buena presencia” (El Mercurio, 25 de junio de 1995, p. B 25; mayúsculas en el original). Esta tendencia también apareció en los 2000: “VENDEDORAS HASTA 25 AÑOS EXCELENTE presencia, 4° medio rendido, para venta de avisos publicitarios” (El Mercurio, 5 de marzo de 2000, p. G. 19; mayúsculas en el original).

Los marcadores de moralidad/confiabilidad (como “honrada”, “buen carácter”, “óptimas referencias”) y de domesticidad/cuidado (como “aseo”, “cocina”, “cuidar niños”) mantuvieron una presencia menor, con un comportamiento en “U” que concentró apariciones al inicio y al final del arco temporal. El aumento del marcador de domesticidad/cuidado en la década del 2000 —como se observa en la tabla 1— reforzó la lectura de que, en este soporte de intermediación laboral, la credencial de educación secundaria se vinculó crecientemente con ocupaciones elementales y trabajos reproductivos, más que con posiciones administrativas asociadas a décadas previas.

Finalmente, el marcador de fuerza/autoridad masculinizada permitió caracterizar una hibridación puntual del guion femenino con requisitos corporales o credenciales coercitivas en el nicho de servicios de protección. Su aparición tardía fue consistente con la baja presencia de “Operadores de instalaciones y máquinas y ensambladores” en los avisos dirigidos a mujeres según CIUO-08 (OIT, 2008), como se aprecia en el gráfico 2. En conjunto, los clasificados analizados entre 1960 y 2005 sugirieron que la fuerza física se codificó predominantemente como atributo masculinizado, y solo se volvió compatible con el guion femenino cuando se tradujo en credenciales de autoridad y control propias del nicho de seguridad.

La tabla 2 presenta, por década, el porcentaje de avisos del subconjunto femenino que activó cada familia de marcadores sobre el total de la década. Al trabajar con proporciones, la tabla permitió seguir variaciones relativas y reconocer ciclos en la reformulación de los criterios de feminización del avisaje. Un mismo aviso pudo activar varias familias, de modo que las sumas por década pueden superar el 100 %.

Tabla 2. Porcentaje de marcadores textuales en los avisos clasificados del subconjunto femenino por década (1960-2000)

Década

Total avisos

Designación del cargo

Estado civil

Edad

Apariencia/presentación

Moralidad/confiabilidad

Domesticidad/cuidado

Fuerza/autoridad masculinizada

1960

66

47,0%

87,9%

12,1%

21,2%

18,2%

4,5%

0%

1970

95

47,4%

73,7%

16,8%

42,1%

12,6%

7,4%

0%

1980

129

57,4%

73,6%

18,6%

48,8%

7,8%

3,9%

0%

1990

77

68,8%

35,1%

40,3%

51,9%

18,2%

13%

0%

2000

18

61,1%

22,2%

33,3%

44,4%

22,2%

16,7%

11,1%

Fuente: elaboración propia a partir de avisos clasificados de El Mercurio.

 

En los años sesenta y setenta predominó una visibilidad nominal de la feminidad. La designación del cargo y el estado civil concentraron las señales de género en un contexto donde respetabilidad y docilidad organizaron la idoneidad. En la búsqueda de empleo, la decencia pudo presentarse como atributo de la postulante y, a la vez, como expectativa del lugar de trabajo: “SE OFRECE SEÑORITA 18 AÑOS egresada 6° año humanidades, con conocimiento dactilografía, para trabajos de oficina o cajera, se ofrece persona decente para atender dentista, médico o departamento caballero solo, ayudar en negocios, cualquier puesto decente, buenos informes” (El Mercurio, 1 de junio de 1965, p. 10; mayúsculas en el original). En la oferta de trabajo, el “espíritu de trabajo” y la “responsabilidad” pudieron aparecer como atributos subordinados a ser “señoritas” y “solteras” y contar con “buena presencia” para labores comerciales: “SEÑORITAS SE NECESITAN CON estudios de 4° año medio buena presencia solteras espíritu de trabajo responsabilidad para la ejecución de ventas” (El Mercurio, 13 de diciembre de 1975, p. 23; mayúsculas en el original).

Los años ochenta y noventa señalaron un desplazamiento hacia marcadores menos explícitos de género. Disminuyó el peso relativo del estado civil y crecieron edad y apariencia/presentación, que funcionaron como filtros de idoneidad. Fue frecuente su coocurrencia con requisitos técnicos y con la designación del cargo. Ejemplos representativos fueron: “SECRETARIA JOVEN NECESITAMOS con espíritu comercial, mínimo 4.o medio rendido, excelente ortografía y caligrafía” (El Mercurio, 9 de marzo de 1980, p. B 21; mayúsculas en el original) y “CAJERA NECESITA RESTAURANTE, REQUISITOS: Joven, buen carácter, enseñanza media completa, conocimientos básicos computación” (El Mercurio, 19 de marzo de 1995, p. B 26; mayúsculas en el original). En este ciclo, juventud y presentabilidad codificaron de manera creciente a la candidata idónea con estudios secundarios. Este patrón sugirió una pérdida relativa del valor diferencial de la credencial frente a umbrales etarios y corporales que operaron como señales de empleabilidad. Esto no permitió establecer una relación causal entre edad y exclusión, pero sí indicó que la escolaridad media apareció crecientemente mediada por criterios de juventud y presentación.

Los años 2000 correspondieron a un tercer ciclo en el que el repunte de avisos asociados a domesticidad/cuidado fue coherente con la pérdida relativa de la credencial de secundaria como señal suficiente de idoneidad. Además, apareció de forma tardía y acotada la familia fuerza/autoridad masculinizada en el nicho de seguridad/protección. La participación de mujeres en este rubro pudo exigir feminidad y, al mismo tiempo, apelar a criterios históricamente masculinizados como la estatura y el servicio militar: “GUARDIA FEMENINA 20-35 AÑOS 1.70 estatura, licencia secundaria, servicio militar deseable” (El Mercurio, 6 de marzo de 2005, p. G 26; mayúsculas en el original). La gramática de la empleabilidad yuxtapuso así patrones ocupacionales tradicionales —asociación de mujeres con trabajos de cuidado— con la incorporación puntual de atributos vinculados a fuerza y autoridad. En ambos casos, el destino ocupacional para quienes contaron con estudios secundarios tendió a concentrarse en labores de menor especialización.

La serie de avisos clasificados de El Mercurio no permite identificar un tránsito desde un sexismo explícito en las décadas de 1960 y 1970 hacia una neutralidad de género en los 2000. Más bien, los lenguajes de selección mutaron desde una feminidad nombrada —designación del cargo y estado civil— hacia marcadores más implícitos —edad y apariencia/presentación— que reconfiguraron la legibilidad de la candidata “idónea”. Este desplazamiento se apreció al comparar el uso de ciertas expresiones en el subconjunto femenino entre los tramos que abren y cierran la serie (1960-1970 frente a 1990-2000). En el primer periodo, “señorita” estuvo presente en 77,6 % de los avisos; en el segundo, bajó a 22,6 %. En sentido inverso, “buena/excelente presencia” aumentó de 30,1 % a 49,8 %. Dicho de otro modo, la feminidad tendió a decirse menos como rótulo directo y más como filtro de juventud y presentabilidad, en un contexto laboral cada vez más orientado a servicios, ventas y atención de público (Weller, 2004; Gayo et al., 2016).

Este cambio también se dejó ver en el modo de enunciar la “idoneidad”. En las décadas más tempranas, la admisibilidad se sostuvo con frecuencia en repertorios de respetabilidad y corrección —“honrada”, “a carta cabal”, “buena letra”, “buena redacción”—; hacia fines del periodo se volvió más reconocible un léxico que combinó escolaridad mínima, experiencia y fórmulas de trato/presentación. Un ejemplo de esta inflexión es el siguiente anuncio de solicitud de empleo de fines del 2000: “DIGITADORA ADMINISTRATIVA, 25 años de edad, 4° medio rendido, con curso de computación, 4 años de experiencia. Buena presencia y trato” (El Mercurio, 5 de diciembre de 2000, p. B 15; mayúsculas en el original).

La asimetría enunciativa entre avisos clasificados que ofrecieron y solicitaron empleo hizo visible una sintonía práctica entre empleadores y postulantes. Cabe destacar que en el subconjunto femenino (n= 385), la voz de quienes ofrecieron empleo fue más frecuente que la de quienes buscaron trabajo (238 piezas de “ofrece” frente a 147 de “solicita”), pero ese predominio no fue homogéneo a lo largo del tiempo. En los años sesenta, las solicitudes concentraron 65,2 % de los avisos de la década (43 de 66); desde los noventa, en cambio, la sección de avisos clasificados se inclinó con fuerza hacia la oferta (84,4 % en los noventa: 65 de 77). Este desplazamiento no solo alteró quién habló con más frecuencia, sino también cómo se formularon los umbrales de admisibilidad.

Cuando habló quien ofrecía empleo, los criterios tendieron a fijarse como condiciones de acceso —edad, presencia, escolaridad mínima—, formuladas como límites de acceso. En ese registro fueron comunes las restricciones etarias y las referencias a presentación personal como llave de entrada, por ejemplo: “SE NECESITA BODEGUERA NO mayor de 35 años, estudios secundarios completos” (El Mercurio, 3 de marzo de 1975, p. 12; mayúsculas en el original) o “SEÑORITAS PROMOTORAS EFICIENTES, licencia secundaria, no mayores de 25 años” (El Mercurio, 8 de junio de 1980, p. B 19; mayúsculas en el original). En cambio, cuando habló quien buscaba empleo esos mismos lenguajes se reubicaron como credenciales de encaje. En estos casos, el avisaje informó de atributos puestos en escena para anticipar la evaluación de un tercero. Allí se volvió especialmente visible la autopresentación en registros de respetabilidad (“señorita”, “referencias”, “decente”), e incluso la moderación de expectativas económicas como señal de adecuación: “SE OFRECE SEÑORITA SEXTO Humanidades, para hacer clases o trabajos generales de oficina, sin pretensiones de sueldo” (El Mercurio, 28 de marzo de 1965, p. 34; mayúsculas en el original) y “OFRÉCESE tardes señorita licenciada en humanidades, referencias, dactilógrafa y redacción, experiencia ventas” (El Mercurio, 29 de marzo de 1960, p. 10; mayúsculas en el original). Hacia el final de la serie, la misma lógica de encaje se extendió a nichos de menor especialización: “SEÑORA ÓPTIMAS REFERENCIAS, licencia secundaria, ofrece cuidar casa” (El Mercurio, 5 de marzo de 2000, p. G 21; mayúsculas en el original). De este modo, el estándar de la vacante se formuló con mayor nitidez cuando habló quien reclutó, mientras que quienes solicitaron empleo tendieron a habitar ese estándar a través de fórmulas de presentación personal, moralidad y respetabilidad.

Con la terciarización de la economía, el cuerpo de la candidata idónea pasó a formar parte de lo que se ofreció al mercado: gestos, voz, trato, sonrisa y presentación del personal crearon valor en la interacción con clientes. En este registro, la “buena presencia” funcionó como racionalización del trabajo corporal (McDowell, 2009). Dos avisos del rubro servicios en los noventa lo ilustraron: “PROMOTORAS MUY BUENA PRESENCIA 1.60 estatura mínima licencia secundaria, con o sin experiencia” (El Mercurio, 4 de marzo de 1990, p. B 18; mayúsculas en el original) y “VENDEDORAS DE MUY BUENA PRESENCIA, con estudios medios completos, requiere prestigiosa empresa turística-inmobiliaria” (El Mercurio, 11 de junio de 1995, p. B 24; mayúsculas en el original). En ambos casos, requisitos estéticos y afectivos aparecieron como cualidades esenciales para el cargo, y la “buena presencia” ganó eficacia simbólica al formularse como cualidad personal de la postulante.

El sexismo no desapareció, sino que se reconfiguró. Los requisitos para “vigilante” o “guardia” ilustraron este movimiento. Un aviso de 1980 articuló marcadores que, en combinación, masculinizaron de facto el cargo: “VIGILANTES REQUISITOS 25-45 AÑOS, ex funcionarios cuerpos armados, mínimo 2° medio, licencia de conducir clase A” (El Mercurio, 21 de diciembre de 1980, p. B 22; mayúsculas en el original)[5]. Décadas más tarde, la oferta de “guardia femenina” con “servicio militar deseable” (El Mercurio, 6 de marzo de 2005, p. G 26) hizo visible un reacomodo en los guiones de género del nicho de seguridad, al admitir cuerpos femeninos bajo credenciales históricamente masculinizadas asociadas a autoridad y control.

La cartografía ocupacional y la lectura sociosemiótica permitieron sostener que los avisos clasificados funcionaron como soportes que articularon reglas prácticas de admisibilidad laboral asociadas a la educación secundaria de mujeres. Los patrones diacrónicos observados —reacomodos ocupacionales, reformulación de marcadores y asimetrías entre “ofrece” y “solicita”— hicieron visible una gramática de empleabilidad que operó tanto en la definición de perfiles “adecuados” como en la autopresentación de quienes buscaron trabajo. Sobre esta base, la sección de discusión examina algunas implicancias de estos hallazgos para la comprensión y estudio de las funciones sociales de la educación secundaria en Chile entre 1960 y 2005.

 

Discusión

Los avisos clasificados permiten observar puntos ciegos en relatos demasiado lineales sobre la educación secundaria. La expansión de este nivel educativo no se agotó en los lenguajes de la meritocracia o de la igualdad de oportunidades. En el mercado laboral, la credencial de educación secundaria operó como un dispositivo de legibilidad que ordenó quiénes resultaban admisibles y en qué condiciones. En la serie analizada para el subgrupo femenino no se observó un tránsito desde un sexismo explícito hacia una neutralidad de género, sino una mutación en los lenguajes generizados de la selección. La feminidad tendió a decirse menos como rótulo directo y más como filtro de juventud, presencia y trato. Esta constatación plantea a la historiografía de la educación dos preguntas centrales —¿qué prometía la secundaria a las mujeres? y ¿qué habilitaba la escolarización más allá de la escuela?— y las desplaza desde un terreno normativo hacia uno más cultural, atento a los usos sociales de la escolarización cuando se enfrentó a reglas prácticas de admisibilidad laboral. En esa línea, los hallazgos abren tres ejes para historizar la función social de la educación secundaria desde una perspectiva de género y, al mismo tiempo, para valorar el avisaje en prensa como archivo de mediaciones entre escuela y trabajo.

Un primer eje se relaciona con el desgaste relativo de la credencial secundaria en el espacio del avisaje impreso y con la tensión que ese proceso abrió para narrativas modernizadoras de la educación secundaria desde mediados del siglo XX. La literatura sobre credenciales ha advertido que, cuando un nivel educativo se masifica, su capacidad de distinguir tiende a reducirse y otros atributos pasan a funcionar como señales diferenciales (Collins, 2019). En ese marco, que la educación secundaria apareciera menos asociada a posiciones administrativas y más vinculada a ocupaciones de baja especialización hacia el final del periodo no fue, por sí mismo, sorprendente. Lo relevante, en cambio, es cómo ese desgaste se organizó en clave de género.

Mientras la secundaria se modernizó en su lenguaje público como formación para una vida social ampliada —con horizontes de ciudadanía, cultura y trabajo—, el mercado laboral, en la forma en que se expresó en El Mercurio, mostró que para muchas mujeres esa promesa convivía con una regla práctica persistente. Acceder a un empleo remunerado siguió significando, en no pocos casos, estar disponible para servir, cuidar, atender y acompañar. Frente a esta tensión, el currículum y el discurso modernizador tendieron a desplazar desde la década de 1960 la formación femenina explícitamente asociada al espacio doméstico (Revista de Educación, 1969). En ese contexto, la continuidad observada en el avisaje respondió más a que la gramática de la empleabilidad reinscribió destinos ocupacionales femeninos en nichos tradicionalmente feminizados —y menos a las aspiraciones formativas del sistema educativo—. Así, la oferta y la demanda de empleo para labores domésticas a finales del siglo XX y comienzos del XXI no solo registraron la desvalorización de la credencial secundaria, sino que dejaron ver que su rendimiento decreciente se expresó de un modo generizado. Al estrecharse como señal suficiente de idoneidad, la escolaridad quedó subordinada a filtros y expectativas que empujaron a las mujeres, con mayor frecuencia que en décadas previas, hacia nichos de servicios y reproducción social.

Desde esta perspectiva, reformas educativas como las impulsadas en las décadas de 1960 y 1990 —que buscaron democratizar y tecnificar el sistema educativo (Bellei y Pérez, 2016; Cox, 2005)— quedaron atravesadas por una mediación incómoda desde la gramática de la empleabilidad. El mercado laboral no leyó estas transformaciones como garantía de idoneidad suficiente entre quienes tenían estudios de educación secundaria, sino como umbral mínimo que debía acompañarse de otras marcas de distinción (edad, presentación, confiabilidad). En ese sentido, el desgaste de la credencial adquirió significados más densos que los asociados únicamente a la masificación. Además, el hecho de que señales de ajuste se hicieran visibles ya en los años ochenta —cuando la educación superior aún no alcanzaba su expansión posterior— sugiere que el fenómeno se articuló también con transformaciones del mercado de trabajo que comenzaron a acompañar a la secundaria como “mínimo requerido”. La expansión de la educación superior constituye un telón de fondo relevante que, a su vez, no agota la explicación. En Chile, la participación en educación terciaria exhibió un “acceso de elite” hasta 1985 y recién en 2007 ingresó al umbral del “acceso universal” (Brunner, 2005, p. 29), mientras el avisaje ya había reordenado criterios de selección desde principios de la década de 1980.

Un segundo eje se vincula con la tensión entre el ideal de igualdad de oportunidades asociado a la educación secundaria y la expansión de requisitos decisivos que no dependieron de la escolaridad. Especialmente desde los años ochenta, el avisaje mostró que la admisibilidad laboral con estudios secundarios se jugó en buena medida a través de filtros como juventud, presentación personal y formas de trato, condensados en la fórmula “buena presencia”. Esta transformación resulta crucial desde una lectura de género. La “buena presencia” se presentó como cualidad individual (“ser presentable”), pero funcionó como un operador elástico que reunió expectativas sobre feminidad (estética, afectividad disponible, docilidad), sobre clase (formas de hablar, vestir, moverse) y sobre edad (juventud como sinónimo de valor). Cuando el mercado laboral seleccionó por “presencia”, el mérito escolar tendió a perder centralidad, porque al postular no se evaluaba solo lo aprendido en la escuela, sino la capacidad de encarnar un estilo corporal y relacional idóneo para rubros de atención al público.

Aunque la educación secundaria apareciera en el aviso clasificado, la selección se desplazó hacia atributos que se naturalizaron como personales. Este movimiento probablemente tensionó los ideales meritocráticos del sistema educativo. Se podía cumplir con la credencial y, aun así, quedar fuera de la vacante si no se encarnaba el estilo corporal y relacional que la empresa consideraba adecuado. En términos de trabajo de servicios, esto fue consistente con la idea de que el cuerpo, la disposición afectiva y la presentación pasaron a formar parte del valor en la interacción con clientes (McDowell, 2009). La asimetría enunciativa “ofrece/solicita” precisó el mecanismo. Cuando hablaron empleadores, los requisitos se fijaron como umbrales externos (edad máxima, presencia, escolaridad mínima); cuando hablaron las postulantes, esos mismos umbrales aparecieron interiorizados como credenciales de encaje (“señorita”, “referencias”, “buena presencia”, “sin pretensiones”). En ambos casos, la gramática de la empleabilidad exigió atributos ajenos a la escolaridad para conseguir la vacante, de modo que la igualdad de oportunidades no se erosionó por cuestionamientos a la credencial, sino por la necesidad de competir bajo reglas donde lo decisivo no necesariamente era materia escolar.

Debates recientes sobre mérito y experiencia social de la desigualdad en Chile refuerzan esta lectura. El ideal meritocrático suele mantenerse como horizonte normativo aun cuando se experimenta como contradictorio, precisamente porque los filtros extraescolares se presentan como naturales (Araujo y Martuccelli, 2015). El aporte de examinar los avisos clasificados consiste en historizar esa contradicción. El corpus examinado ofrece evidencia de un proceso silencioso, por el cual, a medida que la secundaria expandió su cobertura, el mercado laboral reordenó la competencia por vacantes que requerían estudios secundarios alrededor de atributos “personales” que, sin embargo, estaban socialmente distribuidos y generizados.

Un tercer eje refiere a lo que el corpus sugiere sobre respetabilidad femenina y sus mediaciones entre escuela, familia y espacio público. Análisis históricos han mostrado que la escolarización femenina no solo transmitió conocimientos, también produjo disposiciones, sensibilidades y fronteras morales con sentidos generizados (Garcés y Morales, 2025; Pérez y Toro, 2025; Rossetti, 1988). En ese registro, expresiones del avisaje —“señorita”, “buena presencia”, “honrada” o “a carta cabal”— pueden leerse como un puente entre tres ámbitos: la casa, el liceo y la calle. Estas expresiones no enunciaron competencias técnicas, nombraron confiabilidad y posición moral. Y, al hacerlo, hicieron visible que la admisibilidad laboral femenina se jugó, en parte, como evaluación de respetabilidad.

Aquí, la lectura indexical precisa el aporte teórico-metodológico del artículo. En un primer nivel, términos como “señorita” o “secretaria” operaron como índices de primer orden, es decir, marcaron género sin requerir inferencias. Pero cuando el género apareció como “buena presencia”, “trato” o “buena presentación”, la marcación se desplazó hacia posturas y estilos de segundo orden (Silverstein, 2003). Este desplazamiento es relevante para la historia de la educación porque sugiere que la educación secundaria pudo funcionar como marcador indirecto de “buena crianza”, “urbanidad” o “corrección”, es decir, como una indexación de segundo orden que incidió en el reconocimiento de la candidata idónea según repertorios de respetabilidad feminizada. La pregunta que se abre no es solo qué saberes enseñaba la secundaria, sino qué tipo de persona pretendía formar y cómo esa promesa se puso a prueba en un mercado laboral que exigió señales de confiabilidad y presentación.

En esa dirección, el corpus invita a revisar fuentes escolares —reglamentos, registros de anotaciones, discursos de rectoría, entre otros— para rastrear microtecnologías de formación de respetabilidad y autopresentación que podrían reactivarse en el mercado laboral como credenciales de encaje generizadas. En lugar de separar escuela y trabajo, los avisos clasificados hacen pertinente mirar sus continuidades prácticas y sus mediaciones históricas. La intersección de interrogantes como ¿qué aprendían las estudiantes de secundaria sobre hablar, escribir, presentarse o ser “decente” en los espacios escolares?, ¿cómo circularon esas normas entre familia y escuela? y ¿cómo se volvieron legibles y evaluables en el mercado laboral?, plantea caminos para examinar las relaciones entre gramática de la empleabilidad y gramática de la escolaridad (Tyack y Cuban, 2001) desde la historia de la educación.

 

Conclusiones

Este estudio examinó 1.040 avisos clasificados publicados en El Mercurio entre 1960 y 2005 y, dentro de ellos, un subconjunto femenino de 385 piezas dirigidas explícitamente a mujeres o redactadas por mujeres. El objetivo fue cartografiar la composición ocupacional vinculada a la educación secundaria, describir su evolución por décadas y analizar guiones de género en un repertorio de reglas prácticas que organizó perfiles idóneos, señales de confiabilidad y condiciones de admisibilidad al empleo. A ese repertorio se lo denominó gramática de la empleabilidad.

La cartografía ocupacional a partir de la CIUO-08 mostró una trayectoria histórica clara. En las décadas de 1960 y 1970, los estudios secundarios se asociaron con mayor frecuencia a empleos de oficina y a posiciones comerciales vinculadas a ventas. En los años ochenta aumentó el peso de ocupaciones de menor especialización y alta rotación, y en los noventa y 2000 se consolidó una orientación hacia comercio, servicios de atención de público y seguridad privada. En el subconjunto femenino estos desplazamientos resultaron más marcados. Se concentró la presencia en “apoyo administrativo” y “trabajadores de los servicios y vendedores de comercios y mercados”, mientras que la inserción en rubros de operación de máquinas o ensamblaje fue prácticamente inexistente. Esta evolución sugirió un desgaste de la credencial secundaria como señal suficiente de idoneidad, que se expresó en una recalibración de la gramática de la empleabilidad, ya que la escolaridad tendió a operar crecientemente como “mínimo requerido” y no como garantía autónoma de acceso.

El análisis de marcadores textuales permitió precisar cómo esa gramática operó de manera generizada. En décadas tempranas predominó una feminidad nombrada mediante la designación del cargo y el estado civil; con el avance del periodo ganaron peso relativo marcadores menos explícitos —edad y apariencia/presentación— que funcionaron como filtros de legibilidad bajo un léxico de “idoneidad” más neutro en la superficie. Moralidad/confiabilidad y domesticidad/cuidado se mantuvieron con presencia acotada, aunque esta última repuntó hacia los 2000, reforzando la lectura de que parte del rendimiento decreciente de la credencial se organizó mediante una reinscripción hacia nichos de reproducción social. La familia fuerza/autoridad masculinizada apareció tardíamente y de forma puntual, asociada al nicho de seguridad/protección, sugiriendo que ciertos requisitos corporales o credenciales coercitivas solo se volvieron compatibles con el guion femenino bajo condiciones específicas.

La distinción entre avisos de “ofrece” y “solicita” permitió observar la gramática de la empleabilidad como práctica social y no solo como prescripción. Cuando habló el empleador, los criterios se fijaron como umbrales (edad, presencia, escolaridad mínima); cuando habló la postulante, esos mismos criterios se desplegaron como credenciales de encaje (respetabilidad, referencias, disposición, moderación de expectativas). En términos de “hacer género” (West y Zimmerman, 2009), el avisaje configuró una interacción donde se rindió cuenta del encaje con guiones dominantes. De ese modo, la gramática de la empleabilidad operó tanto como regla de selección como repertorio de autopresentación.

Los avisos clasificados sugieren que la educación secundaria operó en el mercado laboral como una credencial de admisibilidad cuya capacidad de diferenciar y abrir oportunidades se erosionó a medida que el nivel educativo se masificó. Esta constatación tensiona interpretaciones que asocian linealmente la expansión de la matrícula educativa con la igualdad de oportunidades. En el subconjunto femenino, los cambios en los marcadores de género indican que ese proceso estuvo acompañado por una reconfiguración de los criterios de selección, crecientemente presentados como atributos “personales” —edad, presencia, trato—, poniendo en tensión los ideales meritocráticos del sistema educativo con efectos de género. Estas transformaciones invitan a desplazar el foco desde las promesas normativas del sistema educativo hacia sus implicancias en escenarios extraescolares. En ese cruce, el estudio ofrece un punto de partida para indagar en las relaciones entre la gramática de la empleabilidad y la gramática de la escolaridad (Tyack y Cuban, 2001).

Entre las limitaciones del estudio se cuentan la selección muestral por meses específicos y ciclos quinquenales, el foco en un diario capitalino que privilegió empleos urbanos y comerciales, la subrepresentación de ciertas modalidades de reclutamiento y la economía del lenguaje del clasificado, que obliga a inferencias acotadas al universo analizado. La homologación ex post a la CIUO-08 y la codificación de marcadores se realizaron con respaldo teórico y criterios homogéneos, aunque no agotan la complejidad del mercado laboral. La caída del número de avisos en los 2000 puede responder a cambios en la intermediación (migración a plataformas digitales), lo que afecta el volumen de datos, pero no invalida los patrones observados.

Estas restricciones abren líneas para futuras investigaciones. Resulta pertinente ampliar el universo documental a otros periódicos, comparar con soportes digitales de fines de los años noventa y 2000, y triangular con encuestas de empleo y registros administrativos. También sería valioso profundizar en el contraste enunciativo entre quienes ofrecen y solicitan empleo, así como explorar intersecciones con clase, edad y migración. Por último, se propone contrastar de manera directa la hipótesis de la educación secundaria como índice de segundo orden mediante trabajo de archivo escolar, análisis de perfiles de cargo y entrevistas a oferentes y postulantes que utilizaron avisos clasificados como vía de intermediación laboral.

Financiamiento

El presente trabajo se realizó con recursos propios del autor.

Conflicto de intereses

El autor no tiene conflictos de interés que declarar.

Referencias

Fuentes primarias

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* Luis Enrique Garcés Aspee es profesor de la Escuela de Educación de la Universidad de O’Higgins, estudiante de Doctorado en Historia y Arqueología por la Universidad Complutense de Madrid y magíster en Historia por la Universidad de Santiago.

[1] En las primeras décadas, la credencial aparece como “humanidades” y, más tarde, como “enseñanza media”; para fines de inclusión del corpus, se trata de la misma credencial.

[2] A modo de ejemplo, considérese el siguiente aviso: “SE OFRECE SEÑORITA CON 4° HUMANIDADES para cualquier trabajo decente” (El Mercurio, 1 de junio de 1965, p. 10).

[3] Esta estrategia se alineó con recomendaciones estándar de análisis de contenido y diseño cualitativo en torno a la unidad de análisis, criterios de inclusión y decisiones de depuración (Krippendorff, 2018; Miles et al., 2014).

[4] La reducción de avisos en la década del 2000 convivió con la expansión de la matrícula de educación secundaria en el último cuarto del siglo XX. En ese contexto, una hipótesis plausible para explicar esta disminución fue el uso creciente de plataformas digitales para la oferta y demanda de empleo (Latercera.com, 9 de diciembre de 2010). Sin embargo, esto no implicó variaciones sustantivas en el perfil ocupacional asociado a la certificación de educación secundaria en el avisaje impreso.

[5] En este caso, el marcador explícito es “ex funcionarios cuerpos armados”, mientras el implícito emerge del acoplamiento con el rango etario, dadas las trayectorias típicas de quienes realizaron carrera en las Fuerzas Armadas y el acceso minoritario de mujeres tras la creación del Servicio Femenino Militar Voluntario en 1979 (Zalaquett, 2009).